14-12-2012

¿De qué hablamos cuando decimos competitividad?

Poner valor en lo que hacemos y a menor coste que nuestros competidores. Ser los mejores o al menos, estar entre ellos. ¿Y de dónde viene ese valor? En primer lugar, de nuestro talento al diseñar productos o procesos que permitan cubrir necesidades reales del mercado. Pero también de nuestra capacidad para combinar eficientemente los distintos elementos que intervienen en la fabricación: máquinas, materias primas, componentes y horas de trabajo. Y la eficiencia implica capacidad de variar las dosis de todos esos elementos según cambia la demanda de nuestro producto final o según cambian sus especificaciones. A eso le llamamos flexibilidad, porque es lo contrario de la rigidez, que impone respuestas tardías e inútiles y deja escapar oportunidades.

Pero no basta con que la receta sea buena y las dosis proporcionadas. También debemos contar con que esos elementos que necesitamos: energía, maquinaria, piezas y subconjuntos, servicios a las empresas... nos lleguen en condiciones competitivas. Y de manera especial, por su importancia relativa, el trabajo. Horas de trabajo como componente fundamental. Trabajo convertido en capital humano mediante formación y experiencia. Trabajo con el que se van a unir los restantes elementos y que, en última instancia, va a marcar la diferencia.

Pero hay más elementos que juegan en el valor que incorporamos y en el coste que conseguimos. Cuando utilizamos trabajo, energía, instalaciones... pagamos impuestos, cuyo nivel depende de la eficiencia de nuestro sector público. Y cuando invertimos, dependemos de un entorno financiero y de un contexto de riesgo país cuya mayor o menor competitividad se nos traslada. Y la regulación, que nos impone unos procedimientos y nos impide otros, puede ser más o menos acertada en relación a nuestros competidores. En definitiva, el coste del producto incorpora la realidad económica y social y de eso también depende la competitividad. La marca España no es sólo un branding que en unos casos puede aportar valor y en otros no tanto. Forma parte de nuestro coste y condiciona nuestro éxito en el mercado. Regulación eficiente, impuestos no distorsionadores, carga fiscal y administrativa razonable, eficiencia en los ámbitos educacional, financiero y social, estado de bienestar adecuado a la realidad económica, son inputs productivos del mismo género que las máquinas o las horas de trabajo.

No nos salvamos o nos perdemos solos. Entre todos creamos el entorno y el entorno nos modifica. Una competitividad sostenible y creciente en un mundo global sólo será posible con un desarrollo equilibrado y sólido de todos los factores que influyen en la eficiencia económica. Sin ello, los esfuerzos exportadores estarán siempre en precario y sujetos a cambios en las condiciones de mercado o a la emergencia de nuevos y mejores competidores. Para jugar un papel proactivo y crear oportunidades en lugar de simplemente aprovecharlas, debemos contar con todo el país orientado en esa misma dirección: competir para crecer e incrementar el bienestar.

Publicado por Miguel Aguilar

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